Queridos hermanos: vemos que todo tiene un proceso, tiene tiempos. Y la Iglesia tiene el suyo ya que está prefigurada en el Antiguo Testamento y llamada en el antiguo Israel. En los últimos tiempos se nos habla de la Iglesia que comienza en la encarnación del Verbo -en el seno virginal de María- consumada en la cruz cuando Cristo es crucificado y resucitado, luego la Iglesia sale a la luz definitivamente en Pentecostés cuando Cristo, glorificado, asciende al Padre -habiendo sido enviado por el Padre- y Cristo con el Padre nos envía el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es el amor de Dios que viene a cumplir con la promesa: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el final de los tiempos y les recordaré todo lo que Cristo ha dicho”
Así como podemos decir que Dios es uno y trino, decimos que lo propio del Padre es crear, lo propio del Hijo es redimir y lo propio del Espíritu Santo es santificar. Por eso el Espíritu de Dios está presente en la Iglesia, en todo bautizado, en todo cristiano; nos da la paz y nos envía: “yo les doy la paz y como el Padre me envió yo también los envío a ustedes; vayan, anuncien con gozo el Evangelio, anuncien con alegría que el Reino ya está en medio de nosotros”
Para poder cumplir con esta misión, debemos superar la soledad, el individualismo y el miedo; miedo a amar, a entregarnos, a dar la vida por los demás, a sufrir, a no ser respetados ni valorados, a no ser entendidos, a ser rechazados. Pero es importante que el apóstol, el discípulo, el misionero, esté convencido de que la fuerza interior en cada uno de nosotros es la fuerza del Espíritu Santo, por eso está la paz y por eso no debemos tener miedo.
En este Pentecostés, pidamos al Señor que nos confirme, nos revitalice, nos dé fuerzas, nos ilumine para tener una vida brillante y no opaca, lúcida y no distorsionada, íntegra y no desperdiciada; una vida unitiva en lo humano, en lo cristiano y no vivir dicotómicamente, esquizofrénicamente.
Sabemos que al recibir el Espíritu Santo nuestros pecados serán perdonados y la Iglesia, a través de sus sacerdotes, “perdonará a los que ustedes se los perdonen, y retendrá a los que ustedes se los retengan”. Es el poder de Dios que nos da la posibilidad, en Pentecostés, de nacer de nuevo para vivir de un modo nuevo y cumplir la misión de un modo nuevo, nuevo en su ardor, en sus métodos, en su intensidad, en su entusiasmo y sobre todo lleno de esperanza.
Les dejo mi bendición en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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